Por  David Martín del Campo.- Tocan a la puerta y avisan: “Somos Ángela y Lizbeth, tus primas de Fresnillo. ¿Nos puedes abrir?”, y sí, apenas si nos acordamos de ellas. Entran y luego de merendar, cargando aquel par de maletas, sueltan la temida petición: “¿Nos podemos quedar a dormir una noche, o dos, no tenemos dónde llegar?”. Y habrá que cederles una recámara durante un par de meses, mientras “se acomodan”.

    Es lo que sugiere el refrán, ahí, donde menos se la espera, es que salta la liebre. Son las sorpresas que hacen más interesantes nuestros días. Es, por cierto, el ambiente que se respira en muchos centros de poder… lo de mister Trump ya se veía venir, pero el asunto de los sismos ha venido a trastocar por completo el panorama nacional.

Nadie estaba preparado para la catástrofe y las prioridades nacionales, de pronto, ahora son muy otras.

    Aseguran que los sismos mayores (que en buen castellano se denominan terremotos) son impredecibles. Lo que sí, es que existen las probabilidades y la memoria de las abuelas. Por ello, hasta donde recuerdo, los terremotos que han asolado al Valle de Anáhuac han sido varios: Uno el que menciona Guillermo Prieto, el 14 de septiembre de 1847 luego de la batalla del Castillo de Chapultepec, a punto de que los yanquis se apoderasen de Palacio Nacional. Otro cuando arribó Madero en su marcha triunfal a la ciudad de México, aquel 6 de junio de 1911, cuando se derrumbó el cuartel de La Ciudadela y que la gente chanceaba diciendo: “Cuando Madero entró, hasta la tierra tembló”.

Otro el de julio de 1957, que tumbó al Ángel de la Independencia, luego el inolvidable del del primer 19 de septiembre (de 1985) que colapsó el Hotel Regis, y éste más reciente, que derruyó el monumento de La Madre en el parque Sullivan, obra de Luis Ortiz Monasterio inaugurado en 1949. Así que los lapsos son de 77, 52, 28, y 32 años respectivamente. Para nuestro sosiego, es muy improbable que vuelva a ocurrir un terremoto como el de hace tres semanas esta noche. O mañana, o pasado mañana, pero quién sabe dentro de doce o 21 años.

    La liebre salta donde menos, ya lo decíamos, porque ahora, las campañas electorales en ciernes, ¿de qué van a hablar? Medio país semi-destruido y encima, todavía, ¿hablar de arrasar con el mal gobierno y sus secuaces? La ciudadanía, hasta donde percibo, quiere otro tipo de mensajes; más conciliadores, más constructivos, menos beligerante. “No me digas qué vas a destruir con tus rollazos, sino qué pretendes levantar”, pareciera la demanda íntima popular.

    Salta donde menos se la espera, decíamos, porque la salida de doña Margarita Zavala de Acción Nacional vino a torpedear a media mitad aquel partido, que posiblemente se hunda con su malhadada coalición sin rumbo. ¿Y lo de Cataluña?, para el presidente Rajoy y el rey Felipe es algo peor que un mazazo. ¿Cómo la mitad de una comarca decide que Tlaxcala, por decir algo, es un nuevo país en el universo de las naciones, mientras la otra mitad no asoma la cabeza? Y los terremotos, que ya mencionábamos, demuestran qué poco sujeta es nuestra vida a los planes de racionalidad, cuando que el azar, el imponderable azar, sigue llevando la caña del timón.

    Dicen los viejos que mientras los hombres hacen planes y proyectos, los dioses se ríen en la montaña. “Cambia, todo cambia”, ya cantaba Mercedes Sosa, “cambia el pelaje la fiera, cambia el cabello el anciano, y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”, porque nosotros mismo somos producto de un acontecimiento azaroso ocurrido hace algún tiempo.

Como se recordará, 65 millones de años atrás ocurrió que un aerolito del tamaño de Manhattan impactó en el litoral de Yucatán, produciendo el famoso cráter de Chicxkulub, cuya primera consecuencia fue la desaparición súbita de la familia dinosauria (sólo quedaron los cocodrilos), y la segunda la sobrevivencia y empoderamiento de esas sabandijas rastreras que medraban entre la hojarasca. O sea nosotros, los mamíferos. Y las liebres, ya lo decíamos, que saltan donde menos se les espera.

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