Por  David Martín del Campo.- Tener o no tener; así se titula una de las novelas más sobresalientes de Ernest Hemingway, en la que los personajes se ven obligados al contrabando en las aguas de Florida y Cuba. Todo o nada, ganar o perder, sobrevivir o sucumbir.

Tales parecieran las opciones de los tres precandidatos que están por iniciar sus campañas electorales, jugándoselo todo como el Harry Morgan del relato heminweyano (con trampas y sin ellas), con tal de salirse con la suya.

    La mañana de ayer tuve la ocurrencia de asomar a la calle apenas daban las diez. Parecía un paisaje después de la batalla… ni un solo auto, nadie en las banquetas, el sol velado por la neblina y a lo lejos, sí, un perro perdido. Dentro de un año el paisaje será muy otro, quise imaginar, cuando el nuevo inquilino de Los Pinos esté por lanzar la reconstrucción del país.

Todo permanecía inerte, como esperando el reinicio de la vida, extrañando un poco el bullicio de los festejos decembrinos. “Todo”, me dije, todo sigue ahí.

Quisiera suponer que en el anuncio del año nuevo de 2019 las cosas seguirán más o menos como hoy. Luego de la batahola de propaganda, discursos, entrevistas, promocionales, encuestas y carteles encimados gritándonos las virtudes de Andrés Manuel, José Antonio o Ricardo, llegará el bendito barrendero a llevarse toda esa retórica de millones para dejarnos al país como en el paisaje de ayer. Es decir, todo ello, las campañas y los codazos, no habrán sido a fin de cuentas más que la reyerta cíclica por hacerse del presupuesto público.

    Todo lo que tenemos (que no es poco) permanecerá ahí dispuesto para facilitarnos la vida en convivencia. La risa de los niños, la sabiduría de los ancianos, la cerveza a las tres de la tarde, el beso enamorado, el sueño ausente de pesadillas (o al revés), los buenos días o la cita inesperada en el camposanto. Es lo que tenemos, decía, y  seguirá ahí todo, todo o, como dicen los italianos, ¡tutto!

    Que por cierto es la voz que nos salvará del mal trance. En el verano moscovita amenazan las sanciones de la Fifa contra los fanáticos mexicanos que se den cita en las canchas del campeonato mundial de futbol. Ganándole a Corea del Sur habremos obtenido la marca mínima admisible. Goleando a Suecia tendremos una nota sobresaliente, y venciendo a Alemania será la apoteosis nacional, cuando los vehementes aficionados se apoderen de las gradas para gritar contra el guardameta adversario, “¡Tuuuto! ¡Tuuuuto!” porque, ¿no lo sabían?: Tuto es el personaje que vendrá a salvar la permanencia de nuestro equipo en la justa deportiva vigilada por el presidente Putin.

    ¿Cómo es Tuto? Quizá alguno lo haya visto ya en la calle, o deambulando cerca de las cantinas. Tuto no es imbécil, aunque casi; no es precisamente guapo, no conoce el peine, anda permanentemente desfajado, pareciera híbrido de Palillo y Cantinflas, babea, sonríe permanentemente, es feliz en su estolidez y se yergue como el paladín para relacionarlo con el guardameta contrario. Por ello, cuando Peter Neurer (portero del equipo alemán) despeje el balón hacia el centro de la cancha, el graderío que apoya al seleccionado mexicano gritará hasta enronquecer: “¡Tuuuto! ¡Tuuuuto!”, sin que nadie se ofenda porque será una manera de recordar a ese feliz personaje nuestro que sólo sabe de sonrisas y baba a raudales.

    Tutto, todo, el año que inicia y nada parece cambiar. El país resistiendo, como nunca, la ola de violencia cotidiana que nos obsequia 69 asesinatos por día, y la impunidad campeando como aquel señor elegante del whisky. Todo será, pues, jugado en la palestra política; todo en los debates; y toda la carne será echada al asador bajo la observación (queremos suponer) del INE y sus timoratos funcionarios.

    En una de esas, para fastidiar, los votantes inconformes darán el triunfo al candidato independiente menos esperado; ¡Tutto!, que por demás nos habrá conseguido el anhelado trofeo del campeonato en la Rusia putiniana. Tenerlo, o no tenerlo; ya lo decíamos, porque 2018 será un año disputado, quiérase que no, a las patadas.

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